sábado, febrero 06, 2021

Backgammon

El tiempo que ha pasado, sí, ese en que estás pensando, podemos considerarlo como un juego de backgammon, de adolescente solía ver a los viejos en el parque tener largas partidas absortos en la estrategia de un juego que no lograba entender del todo aún una vez que fui conociendo las reglas, aún cuando practicaba a solas y creí tener al fin una táctica, no te voy a mentir, podría decirte que el juego que me atreví a tomar en aquel primer (y frustrante) día con ese inmutable hombre canoso fue mi primer glorioso triunfo, todo lo contrario: La elegancia de sus movimientos y la firmeza de su mano parecían leer mi mente como tú haces ahora con estas líneas, tampoco voy a decir que perdí dando una buena batalla, vamos, estoy aquí solo para decir la verdad ya sea que la leas o no, si bien fue desastroso (insisto aunque creo que ya quedó muy claro) me enseñó que no puedes simular un juego tan complejo y rápido en tu mente y llegar a la vida real pensando que ya ganaste, sobre todo en un asunto donde las emociones comprenden un enorme porcentaje del monto de la apuesta, en fin, un idiota alguna vez me dijo que “se aprende más de una derrota que de mil victorias”, cierto y solo en este caso, ya que en partidas subsecuentes (después de muchos días que me atreví a pararme de nuevo por el parque) se pudo ya atisbar que me estaba tomando en serio el juego y que podía, por lo menos, sostener una buena partida con algunos de los asiduos a las mesas de los sábados por la tarde, con el tiempo (no mucho) llegaron las victorias y con ello las rabietas de algunos de los viejos lobos de mar y con ello el respeto en el parque, tampoco tardó en caer vencido Don Hernán, al que por primera vez vi titubear y cambiar aquella canosa inmutabilidad por unos ojos profundos de sorpresa al ganarle ese reñido tres de cinco, tampoco tardó en llegar el mote de “el niño” para referirse a mí entre todas las cabezas calvas que se reunían a jugar.  

En un entorno así de pequeño las partidas se comenzaron a hacer aburridas y predecibles y con Internet en pleno crecimiento era fácil (te sorprendería cuanta gente juega backgammon) conocer nuevos rivales, incluso en la fauna de la universidad encontré excelentes jugadores (no todo iba a ser el pedante ajedrez). 

El backgammon es un juego donde el azar tiene un papel, si no determinante, influyente en el resultado y es ahí donde el temple del jugador (y la rapidez) toman las riendas para atacar y fulminar. 

Es así que al presentarme ante ti, con mi tablero forrado en piel y tapizado en fina gamusa y fieltro, acomodando delicadamente las fichas y ofreciéndote los dados no esperaba que me sacaras tanto de balance tan solo con tu primera jugada, incluso yo, al ver esa primer partida hubiera dudado de mi experiencia en el juego, sobre todo al sucederse las derrotas (y las rabietas dentro de mí) tratando de permanecer inmutable, aunque sé que tú pudiste ver en todo momento que yo me salía de mí un poco más con cada ficha que sacabas del tablero para dejarme sin posibilidades de ganar. 

No sé por qué decidiste seguir jugando conmigo, tal vez sea la esperanza de que por fin controle mis emociones y aplique correctamente mi estrategia, no me ha servido el juego arriesgado ni el juego en mi tablero, mucho menos el juego seguro y a estas alturas no tengo pensado tampoco aplicar mi estrategia de escape.



1 comentario:

tacita dijo...

<3